Qué digo?
Artículo editado en la Revista CONCEBIR Nro. 7
(Prohibida su publicación total o parcial sin autorización, bajo sanciones legales)
Nuestra sociedad impregnada de la cultura que trajeron abuelos y bisabuelos, aunque padres, de lejanas tierras europeas nos legaron modelos familiares que siguen operando en la cotidianeidad.
Desde la edad más apropiada para que una mujer se case, qué debe hacer un hombre, son estilos y costumbres que se fueron transmitiendo de una a otra generación. Mantener la unión de las nuevas familias que armaban, fue una manera de recrear aquella infantil que en muchos casos se perdió en distintos países y se conservó solo en el recuerdo. La herencia judeo-cristiana, ortodoxa y musulmana, el deseo de cambiar condiciones económicas y sociales, fueron tiñendo las expectativas de los padres sobre los hijos.
Pareciera que aún hoy, algunos mandatos siguen operando consciente e inconscientemente. A la hora de elegir pareja, más allá del enamoramiento, hay algo de esos mandatos familiares que sigue teniendo peso en las decisiones. Así, el noviazgo con vistas al casamiento, después de estudiar y recibirse, o de un ascenso laboral, es lo esperablemente deseado. Es en esos momentos que la tía, la abuela y la prima, por turno, el plácido domingo lo transforman en un verdadero plomo cuando, en chiste, preguntan: ¿Para cuándo los confites? El mate y la media luna, se quedan atragantados. ¿Qué digo? ¿Se les promete que será pronto para dejarlos tranquilos? ¿Se les dice que si colaboran con dinero para el depto. adelantan la fecha? ¿O se dice lo que realmente sienten y quieren? ¿Se puede cortar con los designios familiares y tener un proyecto propio, distinto a lo que esperan? Se puede intentar, mostrarles más desde el afecto que del enojo, los planes futuros de por ejemplo, lo que se llamaría un concubinato y ahora se dice irnos a vivir juntos. Será un golpe, se quiebran las ilusiones del traje blanco y de la iglesia, el trajecito del registro civil, pero fiesta puede haber y arroz para los novios también. Con suerte, esperan un año, aproximadamente, y arremeten otra vez. Y, ¿para cuándo novedades? ¿No piensan agrandar la familia? ¡Vamos, que sino con ustedes se termina el apellido! ¡Apurando el trámite, ya les están ganando!
Ni hablar si ya pasaron 2 o 3 años.
Al principio no se pensaba en un hijo, se quería disfrutar del acomodamiento de vivir en pareja, que no es fácil.
Mudarse, sentirse más seguros económicamente, crecer individualmente y de a dos. No eran excusas, pero comienzan a serlo cuando se abandonan las pastillas, el diafragma, el preservativo y el embarazo no aparece.
Tras la preocupación lógica de la espera infructuosa, las dudas e interrogantes sobre lo que no está, hay que sumarle LA FAMILIA. Por qué no también los amigos, que sin quererlo funcionan como si lo fueran. Se puede disimular, posponer la respuesta por un tiempo, pero como insisten y no quedan satisfechos con las palabras, la situación se va tornando cada vez más insoportable. ¿Qué digo? Instintivamente surge la bronca, para qué y por qué se meten a querer planificar y saber y ordenar la vida de otro. Es como si tocaran una herida, que por supuesto no saben que existe. Sobre el dolor, más dolor. ¿Se sigue eludiendo el problema? Si ya se hizo una consulta médica, o si se tiene un diagnóstico, ¿por qué no enfrentarnos y enfrentarlos a una realidad ahora ineludible?
Como la tensión va en aumento, descomprimir los climas familiares ayuda a bajar la angustia propia. Cuando no se habla abiertamente de un problema, ¿es por los otros o por uno mismo? ¿No se teme romper una ilusión propia y la que ellos tenían en relación a uno? ¿Será una especie de vergüenza mostrarse con un problema en el cuerpo? ¿Es como estar desnudos ante la mirada atónita de los demás que no sabrán que decir? Las pocas ganas de escuchar las clásicas y rápidas soluciones como: Vayan de vacaciones, adopten uno de los tantos chicos solos, cuando se olviden van a ver que quedan embarazados.
Se gasta mucha energía en esquivar el bulto. ¿Vale la pena tanto esfuerzo? Tal vez intentar una explicación sea un camino posible. Contarles que así como ellos quieren ser abuelos, ustedes quieren ser padres. Que tienen un problema y que van a hacer lo necesario para solucionarlo. Transmitirles lo que sienten y que pueden ayudarlos, en especial escuchando cuando ustedes tengan ganas, cuando puedan o haya noticias buenas o malas. Tendrán que aprender todos a tolerar la espera teniendo la certeza que en algún momento, de alguna manera, la familia se agrandará.

